La Mediocridad Argenta Nos Llevó a La Pasividad y La Codicia al Barro
- redaccionlaverdad
- 23 ago 2018
- 3 Min. de lectura
Si basta una palanca para mover el mundo, la pregunta relevante es si estamos ante el punto de apoyo capaz de dejar atrás la impunidad crónica en nuestro país. Porque lo significativo no radica en la sorpresa ante lo que esa meticulosa caligrafía revela. Nadie medianamente informado -y no obnubilado por la ideología- se sorprende al leer los datos que sugieren la ilimitada codicia del binomio corrupto que ocupó durante doce años la presidencia de la Nación. Binomio que, con sus secuaces, juntaba cientos de millones de dólares en efectivo y se abrazaba a las cajas fuertes mientras declamaba la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la pobreza. Esta cínica agitación de banderas distraía a la población del verdadero objetivo: el robo a mansalva que se amasaba en la trastienda, en la que se usaban esas banderas como alfombra. De hecho, nunca sabremos con certeza lo que transportó cada uno de esos bolsos, en términos de costo humano e infra estructural para nuestra sociedad. No sorprende, a la vez, la contracara de la moneda: empresarios sin escrúpulos, dispuestos a vender el alma a cualquier postor con tal de obtener un contrato con sobreprecios. Y simultáneamente dispuestos a arrepentirse, como conejos asustados, ante el menor atisbo de seriedad en la Justicia. Tampoco sorprende que haya jueces involucrados, como es el caso de Oyarbide, que ha minado, junto a tantos otros, las bases de la institución misma a la que pertenecían y cuyos fallos debieran revisarse frente a sus declaraciones. Nada de lo descripto es reciente: la Argentina ha sido , hasta no hace mucho, un proyecto de impunidad a largo plazo en el contexto de una destrucción masiva de su capital humano. Esta es la faceta más imperdonable, si cabe, de la corrupción. Junto a ello, la Argentina ha sido también un curioso experimento colectivo de sobreadaptación a su trágico destino. El país lleva décadas rumiando la corrupción, llevándola de un estómago al otro, sin jamás expurgarla. Por eso, para una sociedad que se ha mostrado imposibilitada para la catarsis, condenada a hundirse en su propio dióxido de carbono, esta reacción de la Justicia es una bocanada de oxígeno. Se ha tocado en la población una fibra remota, una esperanza largamente dormida, una sensación de oportunidad histórica. Porque nuestra sociedad intuye que no podrá ponerse en marcha nunca si no resuelve su problema de administración de justicia. La Argentina, aunque cambie de signo político, seguirá psicológicamente detenida mientras no tenga la capacidad de regular y purgar sus propias conductas. La consecuencia de vivir en esta atmósfera no es inocua: supone la pérdida de respeto de la comunidad por la ley y, a la larga, por sí misma. Esta pérdida de respeto por sí misma está avanzada y ha convertido a la Argentina en un sálvese quien pueda. Ya es hora de que la Justicia sea implacable y de que caigan todos los que tengan que caer. Indispensable es, además, que la expresidenta sea despojada de sus fueros por el Senado, para poder ser juzgada. Sin embargo, la función de la Justicia es más profunda que castigar a los que quiebran la ley. Supone una reparación y una restauración del lazo que nos une como sociedad, tiene una función simbólica purificadora que nada puede sustituir. Es la enseñanza de las tragedias antiguas: cuando el crimen no tiene expiación, la peste se intensifica. La Argentina mantuvo hasta ahora esta peste en sus sótanos más allá de los cambios en el resto de su edificio. Es evidente también que el combate a la corrupción en la Argentina no puede seguir avanzando sin una reforma profunda de la Justicia. Vivimos en un país en el que lo significativo se convierte, con el paso del tiempo, en insignificante. A grandes causas, diminutos efectos. La ventana de esperanza abierta ahora supone revertir esta lógica. Que no se frustre esta ilusión. E. Noailles (La Nación 12/08/2018)




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